¿Dónde nace la culpa cuando ponemos límites?

¿Dónde nace la culpa cuando ponemos límites?

En psicología contemporánea hablamos de mentalización, metacognición, afectividad mentalizada y confianza epistémica. Conceptos diferentes que apuntan, en el fondo, a una misma capacidad: poder observar qué pensamos, qué sentimos e interpretar qué pasa en el otro sin perder el contacto con nuestro propio criterio.

Y quizás aquí empieza el conflicto.

Porque podemos saber racionalmente que tenemos derecho a poner un límite y, aun así, sentir culpa cuando lo ponemos.

¿Por qué?

Porque esta culpa no siempre nace en el presente. A veces viene de lejos: de aquello que aprendimos sobre agradar, obedecer, cuidar, evitar el conflicto o no decepcionar. El cerebro aprende patrones de protección, pero aquello que un día nos ayudó a conservar un vínculo puede dejar de ser necesario cuando somos adultos.

Y aquí me viene a la mente una historia de la mitología griega: Ariadna y su hilo.

Ariadna da a Teseo un hilo para que pueda entrar en el laberinto, encontrar al Minotauro y, sobre todo, encontrar el camino de regreso.

Pero me gusta pensar que, a veces, nosotros también tenemos hilos aprendidos. Aprendemos muy pronto qué debemos hacer para no perder al otro: agradar, anticipar, cuidar, callar, evitar el conflicto, no decepcionar.

Y quizás aquello que un día nos ayudó a salir de nuestro laberinto sigue guiándonos muchos años después.

Entonces aparecen las preguntas:

  • ¿Cómo sabemos si ese hilo todavía nos protege o si ahora ya nos impide caminar libremente?
  • Cuando siento culpa por decir que no, ¿estoy ante una responsabilidad real o ante un patrón aprendido?
  • ¿Qué parte de esta emoción pertenece al presente y cuál viene de mi historia?
  • ¿Podemos tolerar que alguien se decepcione con nosotros sin interpretarlo como que hemos hecho algo mal?
  • ¿Podemos entender la culpa sin tener que obedecerla?

Una cosa es haber hecho algo mal.
Otra es sentir que estamos haciendo algo mal porque alguien no está contento con nosotros.

La culpa es una emoción que aparece cuando percibimos que hemos transgredido una norma, hemos perjudicado a alguien o no hemos cumplido aquello que creíamos que deberíamos haber hecho.

Podemos sentir una emoción. La podemos acoger, escuchar, entender.
Lo que sí podemos elegir es qué hacemos con esta emoción y qué conducta decidimos tomar.
Porque sentir no siempre es elegir. Actuar, sí.

Quizás poner límites no es levantar una pared.

Quizás es aprender a poner cada cosa en su lugar:
yo, en mi lugar. Tú, en el tuyo.
Mi responsabilidad, conmigo. La tuya, contigo.
Y entre ambos, un espacio donde el vínculo pueda respirar.

Música del post
These Boots Are Made for Walkin’
Nancy Sinatra

He elegido «These Boots Are Made for Walkin’» porque, detrás de su ritmo juguetón e irreverente, hay una idea que conecta con el programa: llega un momento en que podemos dejar atrás aquello que nos condicionaba y empezar a caminar de otra manera.

Las botas representan este movimiento: no quedarnos atrapados en lo que aprendimos, sino poder elegir hacia dónde queremos ir.

Y, sobre todo, me gusta porque no es una elección obvia. Tiene humor, fuerza, actitud y un punto de sorpresa. Después de haber hablado de culpa, pasado y límites, acabar con unas botas que simplemente… caminan me parece una manera mucho más ligera de ir por la vida.

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