
Cuando hablamos de adolescencia, a menudo pensamos en conflicto, desorden o rebeldía. Pero, ¿y si pensamos esa palabra? Quizás la adolescencia no es un problema a resolver, sino un proceso natural de transformación y descubrimiento. Podríamos hablar de “jóvenes en construcción”, de “personas que buscan su lugar en el mundo”, o de “viajeros que aprenden a andar con su propio ritmo”, como un árbol cuando llega el cambio de estación, que necesita esa poda sináptica que le hace crecer con más fuerza y equilibrio.
Ese cambio de mirada es esencial. Si consideramos la adolescencia sólo como un período de dificultades, corremos el riesgo de centrarnos en lo que falla, olvidando lo extraordinario: la capacidad de los jóvenes de crecer, aprender y superar obstáculos, siempre que se les acompaña con respeto y confianza.
Esta nueva forma de hablar y pensar la adolescencia abre la puerta a una reflexión más profunda: ¿cómo acompañamos a los jóvenes en sus procesos internos? ¿Cómo les ofrecemos vínculos, herramientas y presencia para afrontar la vida, sin sustituir su propio camino, sino facilitándolo con mirada y confianza?
Pero la adolescencia no nace de la nada, es la continuación de un proceso que comienza mucho antes, desde la infancia, y que depende de los vínculos, la educación, el amor, los límites, la coherencia en el acompañamiento que los adultos hemos ofrecido a lo largo de los años. Acompañar a los jóvenes implica también entender qué ocurre dentro de su cerebro. Durante esta etapa, el sistema límbico, responsable de las emociones, es muy activo, mientras que el sistema prefrontal -que regula el razonamiento, la planificación, el control emocional- todavía está desarrollándose. Por eso pueden reaccionar con intensidad, impulsividad o frustración aparentemente exagerada. No es simplemente «rebeldía», es una fase de desarrollo neurobiológico que necesita presencia adulta sostenida, paciencia y mirada serena.
Durante la adolescencia, los cambios no sólo afectan al cerebro, sino también al cuerpo. Las hormonas, como la testosterona y los estrógenos, entran en acción, provocando cambios físicos y emocionales intensos. Estas fluctuaciones hormonales pueden amplificar las emociones, aumentar la impulsividad y generar momentos de confusión o inestabilidad, pero forman parte de un proceso natural de crecimiento y maduración que, con el acompañamiento y los vínculos seguros, ayuda a los jóvenes a aprender a regularse, a desarrollar autonomía emocional ya abrazar los cambios con confianza y ser.
Es ahí donde la resiliencia juega un papel clave. No es innata, se construye con experiencias significativas y seguros vínculos. Los jóvenes aprenden a tolerar la frustración, regular las emociones, recuperarse de los errores cuando se les acompaña de forma coherente y confiada. Los errores no son fracasos, sino prácticas esenciales que permiten al cerebro integrar experiencias, conectar el sistema límbico con el prefrontal, reforzar la capacidad de autocontrol.
La metáfora del tren ilustra esto perfectamente. Imagínense a un joven que pide a la madre de ir a ver a la abuela, que vive lejos. Tiene que hacer un viaje largo en tren. La madre, pese a la inseguridad, le deja marchar. Antes de salir, le pone una nota en el bolsillo y le dice: «Si tienes un problema, lee la nota.» Durante el viaje, el joven se olvida hasta que, en un momento de conflicto y tiene miedo, no sabe qué hacer. Recuerda la nota, se la pone en el bolsillo, la saca y la lee: “Mamá está en el vagón trasero.”
El tipo de apego y el vínculo establecido antes de la adolescencia son significativos. Los jóvenes con un vínculo seguro confían, saben afrontar frustraciones, gestionar conflictos con mayor serenidad. Aquellos cuyo vínculo inseguro pueden mostrar desconfianza, rabia o ansiedad, buscando una seguridad que no pudieron consolidar antes. Como explica Gordon Neufeld, sólo cuando se ha establecido un vínculo profundo y seguro, los jóvenes pueden separarse emocionalmente con confianza y afrontar el mundo con autonomía.
El contexto social y digital hace que la tarea sea aún más compleja. Jonathan Haidt, en The Anxious Generation, recuerda que los jóvenes crecen inmersos en pantallas, comparaciones constantes, relaciones virtuales, con menos juego libre y menos contacto directo con adultos de referencia. Este «gran recableado» de la infancia aumenta la ansiedad y hace aún más necesaria la presencia de adultos sólidos, capaces de ayudarles a regular emociones, sostener conflictos y ofrecer presencia.
Al mismo tiempo, la motivación interna y la autonomía son esenciales. Como señalan William Stixrud y Ned Johnson en The Self-Driven Child, los jóvenes necesitan sentir que tienen control sobre su propia vida. Cuando los adultos controlamos demasiado, inhibimos la resiliencia y la capacidad de regulación emocional; pero cuando les dejamos espacio para decidir y aprender de los errores, manteniendo el soporte discreto, pueden descubrir su poder, asumir responsabilidad, desarrollar confianza interna.
Todo esto nos lleva a un elemento clave: tiempo para nosotros, tiempo para ellos. Los jóvenes necesitan nuestra presencia, la mirada, la paciencia. Nosotros necesitamos cuidarnos, reponernos, reencontrar la calma para poder acompañarnos con energía y coherencia. Sin ese tiempo compartido, el vínculo y la presencia pierden fuerza.
Pienso que es importante que, como padres, madres o referentes, nos acompañemos de una buena red de buenos tratos. El acompañamiento es un proceso compartido, un movimiento que nos incluye a todos. Estos vínculos que nos sostienen pueden ser los amigos, familias, profesionales, psicólogos… que nos ayudan a mantenernos de pie cuando el peso del día a día o los conflictos nos sobrepasan.
Hay momentos en los que la vida nos pone delante de una bola demasiado grande, una situación que no podemos tragar. Se nos hace bola. A veces se remueve una herida antigua, un recuerdo de nuestra infancia; otros, simplemente, nos encontramos ante algo nuevo, inesperado, que nos sorprende, que nos hace sentir perdidos o perdidas.
Es aquí donde la red de buenos tratos es esencial, porque educar, acompañar, escuchar, sostener a los jóvenes es también acompañarnos a nosotros mismos. Es reconocer que el crecimiento es mutuo, que todos estamos en proceso, que sólo desde esa humildad compartida podemos sostenerlos de verdad.
Así, paso a paso, todos juntos, hacemos camino, y esta etapa de cambio, esta nueva estación, puede ser vivida con más serenidad, más conciencia, más satisfacción para todas las personas implicadas.
Acompañar a los jóvenes en sus procesos internos es, a fin de cuentas, un acto de amor: amor que confía, que espera, que sostiene, que permite la frustración y los errores, un amor que es como el último vagón del tren, siempre detrás, vigilando, sosteniendo, pero dejando que el viaje sea suyo. Sólo así, con vínculos seguros, presencia sostenida y confianza, los jóvenes pueden descubrir su fuerza, encontrar su camino y aprender a andar solos, con la mente, las emociones y el corazón equilibrados.
Canciones:
Cat Stevens – Father and Son https://www.youtube.com/watch?v=FYjui_cbOmM&list=RDFYjui_cbOmM&start_radio=1
Simon & Garfunkel -The Sound of Silence
https://www.youtube.com/watch?v=AbtsC9SNLN8&list=RDAbtsC9SNLN8&start_radio=1
Fleetwood Mac – Landslide https://www.youtube.com/watch?v=RAkOm7XLoQQ&list=RDRAkOm7XLoQQ&start_radio=1
Puedes escuchar el programa en el siguiente enlace:

Foto del equipo de » El Punt de l’Interrogant»
El árbol interior
Dentro de la mente adolescente crece un árbol silencioso.
Sus raíces son emociones que laten con fuerza,
el tronco, hecho de pensamientos nuevos,
aprende a sostener el peso del mundo ajeno.
Cada noche, una lluvia de estrellas -las células estrelladas-
cuida sus ramas, limpia las que sobran,
con su luz suave guía la poda sináptica,
para que el árbol crezca claro, abierto, lleno de comprensión.
Poco a poco, el jardín interior madura:
el sentir se transforma en entender,
entender al querer cuidar.
Entonces el árbol de la empatía da frutos de luz.
LA TEORÍA POLIVAGAL
La teoría polivagal, propuesta por Stephen Porges, establece que la funcionalidad del nervio vago es clave en la regulación de nuestras respuestas fisiológicas frente al estrés y la amenaza. Ofrece una mirada neurobiológica sobre la adolescencia:
La adolescencia es una etapa de grandes cambios biológicos, emocionales y sociales. El cerebro experimenta una intensa reorganización, especialmente en áreas relacionadas con la emoción (amígdala) y el control racional (córtex prefrontal). Esto hace que los adolescentes sean más sensibles, impulsivos y abiertos a la experiencia.
La teoría polivagal, desarrollada por Stephen Porges, ayuda a entender cómo nuestro sistema nervioso autónomo regula las respuestas ante el estrés, el peligro o la seguridad.
Principios básicos de la teoría polivagal:
El nervio vago (el más largo del sistema nervioso parasimpático) tiene tres vías principales que modulan nuestro estado interno:
1.Sistema vagal ventral (seguridad y conexión social): Permite sentirnos seguros, tranquilos y abiertos a la relación con los demás. Cuando está activo, podemos comunicarnos, aprender y jugar.
En la adolescencia, las relaciones con iguales son esenciales para reforzar ese sistema.
2.Sistema simpático (activación o lucha/huida): Se activa ante el estrés o el peligro.
En adolescentes, puede manifestarse en conductas impulsivas, irritabilidad o búsqueda de riesgo.
3.Sistema vagal dorsal (bloqueo o inmovilidad): Cuando el peligro es demasiado grande o persistente, el cuerpo puede “desconectarse” (patía, retraimiento, ansiedad intensa).
Los adolescentes alternan a menudo entre estados de activación simpática (emociones fuertes, búsqueda de estímulos) y desconexión (apatía o retraimiento), especialmente si no se sienten seguros. Un entorno seguro, empático y coherente ayuda a activar el sistema vagal ventral, que promueve la calma, la confianza y la capacidad de aprender. La regulación emocional se aprende a través de la co-regulación: relaciones estables con adultos o iguales que transmiten seguridad.
NEURONAS ESPEJO Y TIPOS DE EMPATÍA
Las neuronas espejo constituyen la base neurobiológica de la empatía, pero ésta puede expresarse de tres formas complementarias: sensorial (o emocional), cognitiva y compasiva.
– Empatía sensorial o emocional: Es la reacción automática ante las emociones o el dolor de los demás. Nos permite «sentir con el otro».
Cuando vemos a alguien sufrir o reír, nuestras neuronas espejo (en áreas como la ínsula y el córtex cingulado anterior) se activan como si nosotros mismos sintiéramos aquella emoción.
– Empatía cognitiva: Es la capacidad de entender lo que otra persona piensa o siente, sin necesariamente oírlo nosotros. Nos permite comprender racionalmente el estado emocional de los demás.
Aquí, las neuronas espejo trabajan conjuntamente con otras regiones como el córtex prefrontal medial y el lóbulo temporal, que participan en la teoría de la mente (la capacidad de atribuir estados mentales a los demás).
– Empatía compasiva: Es el siguiente paso: no sólo sentir o entender, sino actuar con voluntad de ayudar. Implica la activación de circuitos emocionales y motivacionales (como el sistema límbico y la corteza orbitofrontal). Requiere integrar la empatía emocional y cognitiva, con autorregulación y motivación altruista.
Las neuronas espejo son esenciales para la empatía emocional, pero también colaboran indirectamente en la empatía cognitiva, ayudándonos a interpretar acciones e intenciones.
La empatía compasiva añade una dimensión ética y afectiva, que va más allá de la simple activación neuronal.
LAS CINCO GENERACIONES: DE 1946 AL 2025
BABY BOOMERS (1946 – 1964). Edad actual (2025): de 61 a 79 años
Contexto: Después de la Segunda Guerra Mundial, el mundo vivió un período de prosperidad económica y esperanza. Aumentó la natalidad y se establecieron familias estables con valores tradicionales. Fue la época de la televisión, el rock y los grandes cambios sociales.
Adolescencia: Vivieron una adolescencia obediente, estructurada y familiar, marcada por el respeto a la autoridad y por la esperanza en el futuro. Nacen los primeros movimientos juveniles como los hippies y pacifistas, que promueven la paz y la libertad.
Características: Son leales, responsables y trabajadores. Dan mucho valor a la seguridad, la estabilidad y el esfuerzo. Prefieren la comunicación directa y tienden a ser menos digitales y tradicionales.
Gran experiencia, constancia y compromiso. Pero poco digitales y resistentes al cambio.
GENERACIÓN X (1965 – 1980). Edad actual (2025): de 45 a 60 años
Contexto: Crecieron en tiempo de cambio: crisis económica, nuevas estructuras familiares y avances tecnológicos. Fueron los primeros en tener ordenadores personales, videojuegos y música a través de la televisión (MTV).
Adolescencia: Vivieron una adolescencia independiente y autónoma. Muchos pasaban horas solos porque sus padres trabajaban. Aprenden a espabilarse ya adaptarse. Son también la primera generación en contacto directo con la tecnología.
Características: Son realistas, flexibles y autosuficientes. Valoran la libertad personal, el esfuerzo y el sentido práctico. Sin embargo, tienden a ser algo escépticos y desconfiados con las instituciones.
Adaptables y realistas, con capacidad de espabilarse. Pero a menudo escépticos e individualistas.
MILLENNIALES (GENERACIÓN Y). (1981 – 1995). Edad actual (2025): de 30 a 44 años
Contexto: Generación marcada por la globalización e Internet. Vieron nacer los teléfonos móviles, las redes sociales y un mundo mucho más conectado. También vivieron la crisis de 2008, que dificultó la estabilidad laboral.
Adolescencia: Gozaron de una adolescencia social y digital. Eran activos en Messenger, Tuenti, Fotolog o Facebook, y empezaban a ver a YouTube. Buscaban libertad, amistad y expresión personal online.
Características: Son creativos, abiertos y colaborativos. Buscan una vida con sentido y equilibrio entre trabajo y tiempo personal. Les gusta trabajar en equipo y compartir ideas, pero pueden ser impacientes y sentir frustración por la precariedad.
Creativos y colaborativos, con espíritu abierto. Pero impacientes y afectados por la precariedad laboral.
GENERACIÓN Z. (1996 – 2010). Edad actual (2025): de 15 a 29 años
Contexto: Es la primera generación totalmente digital. Han nacido rodeados de pantallas, redes sociales e información inmediata. Han crecido en un mundo de incertidumbre económica, pandemia y preocupación por el cambio climático.
Adolescencia: Viven una adolescencia hiperconectada y visual. Utilizan TikTok, Instagram, Twitch y YouTube para comunicarse y expresarse. Son conscientes de su imagen y la importancia de la salud mental. Vivir entre lo real y lo digital es habitual para ellos.
Características: Son auténticos, críticos y conscientes. Buscan la coherencia y la justicia social. Tienen gran dominio tecnológico y aprenden de forma rápida y autónoma. Sin embargo, sufren estrés y dependencia de pantallas.
Digitales, empáticos y conscientes. Pero estresados, con poca atención y gran dependencia tecnológica.
GENERACIÓN ALFA. (2010 – 2025) Edad actual (2025): de 0 a 15 años
Contexto: Primera generación 100% nacida en el siglo XXI. Han crecido con inteligencia artificial, tabletas, videojuegos educativos y contenido digital. Muchos son hijos de Millennials o Generación Z. Han vivido la pandemia en plena infancia.
Adolescencia: Apenas comienza. Los adolescentes Alfa son nativos digitales totales: aprenden con vídeos, aplicaciones y IA. Su educación combina tecnología, emociones y valores de sostenibilidad e inclusión.
Características: Son curiosos, rápidos y abiertos de mente. Aprenden de forma autónoma y dominan la tecnología naturalmente. Pero también tiene dificultades de concentración y dependencia de las pantallas.
Dominio tecnológico, mente abierta y curiosidad. Pero riesgo de adicción digital y menos habilidades sociales presenciales.
Un poco de bibliografía que puede ser de interés:
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